lundi 16 avril 2018

Los colores del incendio de Pierre Lemaitre y el petróleo de Rumania


Mis queridos lectores (porque yo no sé si me queréis, pero yo os quiero, faltaría más que no quisiera a una gente tan simpática y agradable, que es capaz de tragarse todos mis bodrios sin rechistar). Pues decía, mis queridos lectores, que os voy a castigar otra vez con una entrada del mundo de los aburridos. Va a ser cortita, no os preocupéis, porque es tarde y no he cenado. Cosas que pasan.

Os voy a hablar del último libro de Pierre Lemaitre, recién salido de prensa en enero de 2018. No sé si estará ya traducido al español, pero, en cualquier caso, no tardará mucho. El libro es el segundo de una trilogía, que Lemaitre empezó con "Au revoir là haut" (Nos vemos allá arriba), y del que ya os hablé en le entrada del mundo de los aburridos dedicada a la guerra 1914-1918. Podéis pinchar aquí si os viene en gana.

Lemaitre, además es el autor de una serie de novelas policiacas, en especial, la trilogía del comisario Vandenhoven, que muy celebradas han sido en el mundo de los amantes del género. También hice mención a un par de novelas suyas aquí.  Son entretenidas y llenas de eventos chocantes y en algunos casos, siniestros.

Tras la serie, y entre los dos títulos de la trilogía que nos ocupa, publicó en 2016 otro libro: "Tres días y una vida":




Libro, que si sois muy impresionables y os afectan los problemas de los niños, por ejemplo, no os recomiendo, no vaya a ser que os dé un apichusque tembloroso (Apichusque: palabra que utilizaba mi madre que en gloria esté y que supongo que viene del más rancio diccionario manchego).

En cualquier caso, la trilogía de la familia Péricourt, cuyo segundo título es el que os comento esta tarde, para mi gusto, tiene una calidad superior a sus otras, llamémoslas, "obritas" (en el cine, las llamaríamos serie B).

El primer tomo acabó, como recordaréis, tras haber perdido la cara (literalmente) en la guerra, con el heredero de la familia, despachurrado en París. Este segundo libro empieza con el entierro del patriarca de los Péricourt, aunque no os voy a contar más spoilers, que luego os enfadáis conmigo. Leédlo, son quinientas páginas que duran un suspiro. Por lo menos, a un servidor le supieron a poco. A ver si Monsieur Pierre espabila y saca rápido la tercera parte.

Pero, aparte las tremendas aventuras de los Péricourt, a mí, lo que más me impresionó es la historia del petróleo rumano. Ya lo veréis, cuando leáis el libro, el petróleo rumano es la causa y origen de todas las aventuras y desventuras de los protagonistas.  Me quedé de una pieza leyéndolo. Un servidor, a pesar de haber trabajado con Rumania en otro tipo de proyectos, no sabía (seré zopenco), que es prácticamente el único pais de la Europa continental que tiene importantes yacimientos de petróleo.

Rumania ha sido considerado en estos últimos tiempos, como un paria continental, pero su historia es de lo más interesante. Antes de 1914, toda la Transilvania pertenecía al imperio Austrohúngaro. (de ahí que el conde Drácula era, en realidad, un húngaro):




Como el buen emperador Francisco José, cuando estaba ya gagá y sin su Sissi, que tanto ha hecho para cimentar la fama de Romy Schneider, cometió la soplagaitez de entrar en guerra contra las potencias del Oeste, En 1918, Rumania fue premiada con la Transilvania y algunos rincones más:



Pero, en fin, el petróleo estaba principalmente en la región de Ploiesti, que ya era Rumania antes de 1914. Véase una foto de los años de maricastaña, con un pozo petrolífero explotando:



En 1857 fue explotado el primer pozo petrolífero rumano y, ¡pásmense gañanes!, Bucarest fue la primera ciudad del mundo iluminada con lámparas de keroseno.

Y ahora, mis queridos amigotes, no os vais a librar de mi batallita personal. He estado en Bucarest un par de veces por motivos profesionales. La primera vez fue en 1997 y la segunda en 2008. Bucarest, había progresado de forma ostensible entre ambas visitas. Aunque no guardo fotos de la primera vez, la segunda vez fotografié el Parlamento, la obra faraónica de Ceaucescu:



Y nuestros anfitriones nos llevaron a cenar al restaurante que se supone que es el más turístico de Bucarest, el "Locanta jaristea". Bueno, si vais por allí, podéis ir, la comida es buena (fundamentalmente, carne):





Y el vino también es muy bueno. Como se ve, llega el flambeado hasta las mesas. Eso amarillo no es un dedo señalando el infinito, sino una llama:


La patrona es inolvidable:





Y algunos huéspedes no desperdician la ocasión de hacerse una foto con ella:





(Nótese, que para la ocasión, el elemento que aparece junto con la dueña se había puesto corbata y traje. Malas lenguas me dicen que nunca lo ha vuelto a hacer)

Pero ya vale, que el tema era el petróleo rumano, y esto parece la crónica del Hola.

En fin, os dejo con un vídeo de Lopezia (que estaba en el evento) sobre como se lo montan en el Locanta Jaristea:


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Grtandes besotes

samedi 17 mars 2018

Más historias bruselenses. El salón del chocolate, el museo del ferrocarril y un restaurante típico



Queridos amigos (y amigas, claro) o, mejor, queridas amigas (y amigos). Hace ya un tiempo que no os daba la lata con alguna historieta de las cosas que pasan por aquí, por Bruselas, así es que, dado que hoy, hacen -2ºC en la calle y la nieve que ha caído esta mañana se ha helado, con el consiguiente riesgo físico para vehículos, personas, animalillos, arácnidos y otras criaturas, he decidido actualizar este blog con las tres últimas aventuras que ha vivido este, vuestro bloguero del alma. Y si no os parecen interesantes, pues oye, os aguantáis y pasáis a otra cosa.

Empezaré por el Salón del Chocolate, que tuvo lugar hace un par de semanas. La entrada costaba 10 euracos, pero luego había un montón de degustaciones con las que podíais compensar tan desmesurado desembolso.

Como sabéis, y si no lo sabéis os lo digo, el chocolate es una de las tres glorias universales de las que presumen los belgas. Las otras dos son la cerveza y los mejillones con patatas fritas. De ambas cosas ya os he hablado en otras ocasiones. Pues bien, todos los años se celebra el Salón del Chocolate para delicia de niños, adultos, ancianitos y otras buenas gentes (buenos, hay malos que también les gusta).

El salón está lleno de expositores, donde presentan sus últimas producciones:







Como se ve, la alegría reina en la exposición, no tenéis más que ver la cara de satisfacción de este expositor:



Interesante un stand donde se presentaba un vino espumoso con aroma de chocolate. No sé, no tuve el valor de probarlo. Yo creo que cada cosa es cada cosa. El champagne es el champagne y el chocolate, el chocolate. Pero bueno, ahí estaba:



Naturalmente, los artistas chocolateros se afanaban en presentar sus últimos éxitos:



Aunque, lo que atraía más la atención es ver la elaboración del chocolate en directo:


Las caras de los niños son una maravilla.

Había también espectáculos diarios, a los que servidor, que es un especialista en no llegar a tiempo, llegó al final, cuando los artistas chocolateros recibían aplausos y parabienes.



Eso sí, ¡Oh que emoción! pude ver como un artista chocolatero pedía en público la mano de una de las modelos. Qué tierno




Había también expositores de otros lados, como unos cuantos stands franceses. Como en chocolate no podían competir, presentaban el turrón de Montelimar:




Un stand de Perú:



Y uno de Colombia:




En realidad, a los peruanos, lo que más les interesaba es vender el cacao a los chocolateros belgas, aunque también vendían chocolate:



En resumen, que un servidor se puso bastante tifo a chocolate y pasó una buena tarde con todas esas cosas chocolateras. Siento que ya no podáis ir hasta el año que viene, pero ¡ojo! estad atentos si andáis por Bruselas y queréis probar algo más que los mejillones y la cerveza.

Pero lo que sí podéis hacer, es ir a ver el Museo del Ferrocarril, que ese no cierra. Y vale la pena, de verdad:





El Museo es magnífico, está en la antigua estación del ferrocarril de Schaerbeek. También tiene un restaurante en el que se puede ir los domingos a celebrar un buen brunch:


La maqueta de la estación de Schaerbeek os da la bienvenida, tras pagar la entrada, cosa muy conveniente. Aunque cuesta diez euros (parece que todos se han puesto de acuerdo), de verdad, están bien gastados:



Las entradas se compran en el antiguo vestíbulo de la estación:


Para empezar, hay una serie de maniquíes con los uniformes históricos de los ferrocarrileros belgas. El de jefe de estación allá por 1840, no podía ser más grandilocuente:



El primer tren belga, de hecho el primer tren en el continente europeo, de Bruselas a Malinas se inauguró en Mayo de 1835. Como veis, los arriesgados viajeros se exponían a un buen chaparrón belga, aparte de que en el tren no había retretes y el viaje duraba casi dos horas:




Eso era viajar, y no como ahora, que te subes al TGV y, si tienes suerte y el baño está funcionando, puedes aliviar tu organismo en las dos horillas que tarda en llegar de Bruselas a París.

En el museo están expuestas las primeras locomotoras belgas. La "Elefante", que es la que aparece en el centro de la foto es una de las tres primeras, las otras eran "la Flecha" y la "Stepehenson". Las tres se habían comprado al Reino Unido. La cuarta locomotora ya estaba fabricada en Bélgica.




El fascinado visitante puede subirse al puesto de mando de una de las locomotoras. Desde luego, no parece un trabajo fácil:


En el museo está también la última locomotora a vapor belga, la 12004, que, fabricada en 1939, tuvo el record mundial de velocidad al ir de Bruselas a Ostende en 57 minutos:


no pueden faltar vagones de lujo, como este restaurante de primera clase:

 

Y, esta vez, con lujosos retretes, no como en 1835:




En resumen, que me estoy poniendo plasta, no os perdáis la visita al Museo si os gustan los trenes. Por supuesto, también hay maquetas de trenes eléctricos y simuladores de conducción en los que podéis engolfaros. El Museo es francamente buenísimo. El catálogo cuenta que costó nada menos que veinte años ponerlo en operación.

Y bien, pues un servidor, acto seguido, y ya que andaba por Schaerbeek, se fué a cenar a un restaurante típicamente bruselés, El "Potverdommeke" (el nombre es un taco en flamenco, algo así como ¡maldición!)




Ambiente acogedor al que puedes ir tanto solo como acompañado:


La carta del Potverdommeke, dice cual es de lo que está de humor el chef ese día, lo que en nuestro caso eran "Tomates con quisquillas", "Ballekes (albóndigas) estilo Lieja" y hamburguesa con queso de Herve:



Un servidor, se empujó las albóndigas a la liègeoise, es decir, con una salsa semiduilce hecha con sirope de Lieja. Si me viera mi madre, que en Gloria esté, pensaría que me había vuelto tarumba, porque de pequeño, costaba sobrehumanos esfuerzos hacerme comer albóndigas. Pero en fin, es el derecho acambiar de opinión:



Para beber, una "Zinnebeer" de la brasserie de la Senne. Muy buena, tiene un toque a cilantro que le da mucho frescor.




Y nada más por hoy, amigos, que ya estuvo suave. Venga, besotes y abrazotes


samedi 24 février 2018

Tres dias en Granada



Mis queridas amigas, mis queridos amigos (que no se me enfade nadie, por eso no olvido ni a unas ni a otros. que no está el patio para bromas). heme aquí, sentado en mi teclado dispuesto a daros la brasa, el rollo, la turrada (como dicen en Bilbao), etc, con una nueva entrega de la movida esta de los aburridos, que ya hace más de un mes que no os he dicho nada. Encima, para más recochineo, os voy a contar el viaje que hice a Granada en Navidad. Ya sé, ya sé, llego como las palmas a Bogarra, como decía mi abuela, dos meses después de la fiesta. Por cierto, Bogarra existe y está en la provincia de Albacete, que me he estado informando. Supongo que el dicho implica que las palmas del domingo de ramos no llegaron a tiempo. Peo en fin, pelillos a la mar, me voy a dejar de excursus (nótese la palabra culterana) e ir al grano, que ya estuvo suave, como dicen en México.

Total, que fui a pasar la Navidad a Granada. Naturalmente, con la compañía de los cuentos de la Alhambra del genial Washington Irving:




No sé si los habéis leído, pero si no, os animo a hacerlo inmediatamente y sin dilación. Por supuesto, hay traducción a todos los idiomas, no es necesario que hagáis como menda, que se los leyó en la lengua en la que los escribió Washi (soy un iconoclasta y me permito tratarlo como amigote aunque haya doscientos años de diferencia entre él y yo).

Pero bueno, Sorokin, que te pierdes. Llegamos a Granada un 23 de diciembre, en coche desde el aeropuerto de Málaga, y el 24 nos fuimos ¡cómo no! a visitar la Alhambra. Como un servidor se maliciaba que eso iba a ser un especie de peregrinación de miles de personas, había reservado las entradas por Internet. Os aconsejo a todos ¡Oh amados lectores! (y amadas lectoras, rayos, que me cuelo) que hagáis lo mismo. Reservad con tiempo suficiente. No es barato, pero funciona.

La visita es guiada y en pequeños grupos. Nosotros, aparte de los bruselenses, éramos una pareja de Albacete ¡Yess, de Albacete! y una pareja argentina. La guía era italiana, pero hablaba un castellano perfecto. La visita empieza en el Generalife, con sus fuentecillas cantando juquetonas:




Y después, te vas a la Alhambra, que ofrece esas vistas desde ahí:



Vale, pues llegas a la Alhambra y tienes que entrar por el palacio que construyó Carlos V y que le pega al sitio menos que un rosario a un musulmán. Se dice que es una maravillosa arquitectura renacentista y tal, pero francamente, es un pegote (espero que la fiscalía no me denuncie por esa acusación al emperador, que tal como están las cosas por España, podría pasar):


La primera sala de la Alhambra que se visita es el Mexuar:




Y ya te quedas atontado al ver las maravillas que hacían los artistas musulmanes en columnas, paredes, capiteles y demás. Cierto que en Fez y Marraquech he visto cosas que intentan parecer algo así, pero no son lo mismo. A continuación, se pasa al patio de los Arrayanes, una de las imágenes más fotografiadas del mundo. Un servidor, no podía sustraerse a la tentación:



Por cierto, que yo no lo sabía, los arrayanes son esos arbustos que rodean la piscina. Tras las explicaciones de la guía y esas cosas, se pasa al patio de los leones:




Vale, no os cortéis de comentar que los leones son más bien chungos, porque lo son. Ya Washington Irving en su libro dice que son un engendro, y que probablemente los hicieron esclavos cristianos. No sé, pero a mí me recuerdan a los toros de Guisando, en Ávila, que tampoco parecen toros ni bicho conocido.

Las vistas desde algunas de las salas, son muy agradables. Tal vez ahí estuvieron Zayda, Zorayda y Zorahayda encerradas, como en el cuento de Washington Irving:



Pero la sala más fascinante es la que se llama "de los Abencerrajes". ¿Cómo se sostienen esos techos sin caerse durante siglos, a pesar del tiempo que ha pasado y de los terremotos que, de vez en cuando, sacuden Granada?



La leyenda dice que en esta sala, tras las luchas civiles entre Zegríes y Abencerrajes, el Sultán invitó a los Abencerrajes a un banquete y los liquidó sin compasión. Aunque el mismo Irving pone en duda la leyenda, Mariano Fortuny les dedicó uno de sus cuadros:




La historia romántica de los Abencerrajes, una familia venida de Oriente que luchó en Granada contra Zegríes y que, al final, fueron exterminados ha sido objeto de bastantes libros, poemas, etc. Chateaubriand, les dedicó una novela corta: "El último Abencerraje":



Para Chateaubriand, emigraron a Túnez tras la caída de Granada y, al cabo de los años, el último Abencerraje viaja a Granada disfrazado de persona normal. Lógicamente, se enamora de una noble dama cristiana, descendiente (toma ya) de Rodrigo Díaz de Vivar. No puede ser, ninguno renuncia a su religión, a pesar de la mediación (con Chateaubriand todo es posible) de un caballero francés, faltaría más. Al final, el chico se vuelve a África y muere solo en Túnez.

Vale, os cuento rápidamente, que no he cenado, lo que pasó en los días siguientes al 24. El día de Navidad, tras una visita rápida a los alrededores de la Catedral (estaba cerrada, rayos, no cuidan a sus fieles estos eclesiásticos)




Nos subimos piano, piano al Albaicín (la foto está tomada hacia abajo, pero la cuesta se las trae)






Muy interesante e instructivo visitar los bares de tapas, como este. Primero pides la bebida y luego te vas a elegir tu tapa, que está incluida en el precio. Es que, para los guiris, esto es como Jauja:





Un par de recomendaciones gastronómicas:



Tinta fina, en la calle Ángel Ganivet. No es barato, pero aunque sea un poco pijo (uy, perdón por lo que he dicho), tienen champagne francés, unas almejas con gulas y alcachofas magníficas


Y unas puntillitas muy buenas para no estar en Málaga.


En la Plaza Nueva, un sitio fabuloso: Los Diamantes:


Raciones inolvidables, como estas gambas fritas (ya sé, ya sé que vais a decirme que qué hace ahí una Coca-Cola, pero son cosas que pasan)


Una última historieta, más bien desagradable. Como me temía que el 24 por la noche todo iba a estar cerrado, reservé por Internet, en una web que da en llamarse "El tenedor" una mesa y me mandaron a un restaurante que está donde Cristo perdió el gorro. El mismo día me mandaron un eMilio diciendo que no se me olvidara que tenía una cita, etc. Bueno, pues fuimos caminando caminando hasta el restaurante en cuestión y... estaba cerrado a cal y canto. No fuimos los únicos a los que nos tomaron la cabellera, una familia holandesa estaba en la misma situación, así que nos hicimos amigotes. Ellos se compraron una pizza y se fueron a su hotel, nosotros, al final, encontramos un sitio abierto en la calle Navas (no digo ni el nombre, no vale la pena, además no fue su culpa) Dos menús con lubina (véase la lubina) y una ración de jamón, ochentaycho euracos. Pero, al menos, cenamos



Y venga, que al blog hay que venir llorado, Un besote a todos