
Bueno, queridos amigos, amiguetes, amigotes, etc (ya sabrá cada uno quién es quién y en que categoría se asienta, no me voy a meter yo en esos berenjenales, que luego el personal se pone como una hidra), os voy a contar la segunda parte de la movida corsa, porque como el tiempo ¡oh inexorable enemigo! va pasando, no quiero que se me olviden los singulares y destacados sucesos que acontecieron en la isla, y, además, no he cenado y mi estómago me vocifera: ¡apresúrate, pendejo, que se está haciendo tarde!, etc.

Hay una Córcega marina y una Córcega interior, claro, como en todas las islas (anda que, Sorokin, te mereces el Nobel de Geografía). Pues hoy, el tema es la alta Córcega, la Córcega interior. Impresionante, montañosa, semisalvaje, con sinuosas y estrechas carreteras. Si alguna vez habéis tenido la veleidad de peinaros como los futbolistas que yerguen sus enhiestos pelos como si fueran pinchos, os recomiendo conducir por las carreteras de la montaña corsa. Se os pondrán solitos totalmente puntiagudos.

Carreteras estrechas, bordeando el abismo, túneles, animalillos que aparecen de manos a boca en los recodos de la ruta:

Algunos, verdaderamente orondos:

La parte norte del centro de la isla se dedicó desde los tiempos de su pertenencia a la serenísima República de Génova al cultivo de los castaños. Por ello, es conocida como "La castagniccia". Toda la región está superpoblada de castaños:

Cuando vuestro bloguero predilecto estuvo en la zona, afortunadamente, todos esos pinchos no habían caído sobre la carretera. No quiero pensar como se pondrán las rutas cuando eso suceda.
Por cierto, es hora de que os ponga un mensaje pedante sobre la historia corsa. Es que si no, reviento. Con diversos avatares, Córcega perteneció a Roma, a Pisa, a la corona de Aragón, que delegaba en los genoveses la gestión de la isla -que siempre fue manifiestamente violenta-, a Génova, y, por fin, desde 1790, a Francia. Cosa esta última que no parece tener muy contentos a los corsos, por lo menos a ciertos corsos. No digo que sean violentos, no, tal vez un poco excitadillos:

Los agujeretes deben ser producidos por algún insecto comedor de metales, que los hay.

Cervione, la capital de la Castagniccia marítima.
Si te dejan ahí y no te dicen dónde estás, lo más probable es que pienses que estás en un pueblo de los Apeninos. Se nota el aire italiano. Observad por otro lado, mis queridos amiguetes, con que aire de secreto se hablan las dos señoras de la foto. ¿Temerán que alguien las escuche?
Un servidor (que lo es, oigan), hizo otra excursión más hacia el sur de la Castagniccia. Partiendo desde las Sorokin's Mansions (ver mapa, más arriba), se llega hasta Solenzara, en la costa, y acto seguido, sigues el curso del río que, curiosamente, también se llama Solenzara (poca imaginación, pardiez). Unos kilómetros más arriba, os recomiendo, ¡oh amigos! si vais por allá, que os detengáis en un remanso del río y os solacéis en sus aguas, llenas de náyades y ondinas (bueno, tal vez en Febrero, no).

Una vez, vuestros cuerpos y espíritus reposados, podéis seguir la ruta que va ascendiendo, ascendiendo hasta el col de Bavella donde podréis disfrutar de la sin par vista de las llamadas "agujas de Bavella"

Si sois atrevidos deportistas de riesgo, en la zona hay varios sitios donde se practica el "canyoning", el "puenting" y otros "ings". Naturalmente, Sorokin no es muy amante de ese tipo de semi-suicidios, así que, bueno, pues lo ví y a otra cosa.
Y me voy a parar, que luego me critican mis amigos diciendo que os pongo demasiada información. Además, no he cenado, ya os lo dije, y estoy dándole al teclado desde hace como una hora.
Eso sí, no me voy a ir sin poneros una foto de la cerveza típica de Córcega. Como no podía faltar, está macerada con harina de castaña, aparte de los componentes típicos de toda cerveza. Es sabrosa. Yo no bebí otra cerveza que esa en todo el tiempo que estuve por allá:

Me voy a cenar. Un besote a todos