
Ya estoy de vuelta de China, queridos amigos, colegas y demás familia. Mi maleta ha tardado casi veinticuatro horas mas que yo, pero en fin, nunca es tarde si la dicha llega. Además, los malditos aviones no sé qué pinche manía tienen de poner el aire acondiconado a rabiar de puro gélido, así que aquí estoy, tosiendo como un poseso. Pero ello no me ha impedido ponerme al teclado de ganas que tenía de contaros cosas. Oye, si antes se decía "vacaciones sin Kodak son vacaciones perdidas", ahora diríamos, "viajes sin contarlos en el blog es como si no te hubieras movido de tu barrio, ea".
Y como viajando se aprende, que decían los clásicos, me he enterado que los chinos tienen un pelín de razón en llamarle "Beijing" a Pekín. Parece que son dos palabras, no una: Bei (que quiere decir "norte") y Jing (que significa "capital"). Pero yo, como buen manchegazo testarudo le seguiré llamando Pekín. Aparte de eso, he aprendido a pedir cerveza: "pii-lló, chin". Progreso, ¿eh?. La próxima vez, aprenderé mas cosas.
Pekín es una ciudad sorprendente, con enormes avenidas llenas de rascacielos ultramodernos al lado de los bloques de apartamentos de estilo, llamémosle "moscovita", como los que hay en todos los paises de la ex-URSS y, -todavía resistiéndose al embate inmobiliario- viejos barrios de casitas de un piso. Ya no quedan casi bicicletas, engullidas por los casi cinco millones de coches que circulan a su aire (las habrán machacado todas, porque conducen como furias del averno). Si alguno de vostros, amiguetes, estuvo en Pekín hace más de cinco años, mis contactos ultrasecretos me dicen que no la vais a conocer. El cambio ha sido fulgurante.
Pero en fin, a lo que vamos, a contaros un par de cositas menos serias. ¿Qué se come en Pekín? pues, aparte de los buenos restaurantes de los que ya os hablaré otro día, se comen bichos. Yessir, gusanos y escorpiones en pinchitos estilo moruno:


Aquí el colega del chiringuito, viendo mi mirada un tanto reprobatoria y un si es no es angustiada, me esgrimió el mazo de pinchitos de escorpión en plena cara. Y oiga, los escorpiones están vivos y meneando la colita. Supongo que antes de comérselos pasarán el pincho moruno por la brasa. Luego, todo será quitarles la uñita del rabito y, hale, para adentro. No me atreví. Lo confieso. Eso sí, comí gusanos de seda, pero de eso, hablaré otro día.
En el grupo expedicionario de europeos (éramos siete) la más destacada era Christina, que además de ser la única mujer, mide casi dos metros y es rubia. Para menda y los bajitos, era un punto de referencia importante, porque cuando te despistabas un poco, lo único que había que hacer es mirar hacia la multitud (en Pekín siempre hay multitudes para todo) y ver donde estaba la melena rubia que sobresalía por encima de todo quisqui. El asunto, es que el domingo en la plaza Tian-Anmen, llena de miles de chinos que habían bajado del pueblo para ver la capitá y hacer cola en la tumba de Mao, se organizó un revuelo, porque toda esa gente no había visto nunca una walkiria así y todos se querían hacer fotos con ella.
Bueno, en España tambien pasaba lo mismo hace mil años, cuando el Capitán Trueno se quedó fascinado por una vikinga llamada Sigrid.

Ya sé que os estaréis preguntando.. y ¿el maoísmo? ¿qué fue del maoísmo y la revolución cultural? Pues aquí está la respuesta: los guardias rojos han puesto un restaurante. Y no me preguntéis cómo se llama. Miradlo vosotros mismos en el letrero que hay a su entrada:

No se come mal, pero el ambiente es fantástico, con un estrado donde cantan los guardias rojos y tal.


Eso sí, son un poco plastas cuado quieres filmar. Pardiez, si a lo mejor lo que quieres es transmitir el mensaje del gran timonel al mundo mundial:
En fin, un besote. Otro día, mas.