
Como todos ustedes sabéis, queridos amigotes (ya no hago diferencias, todos sois mis amigotes), en la noche de difuntos, los muertos salen de sus tumbas, reagrupan sus cenizas -si alguien las ha dispersado sobre el azul Mediterráneo o el sombrío Mar del Norte, por ejemplo-, vuelven a tomar forma humana y se mezclan con el resto de la gente aunque algunos ni se enteren. Pero es así, y si no me creeis, leeros los "Cuentos de la Alhambra" de Washinghton Irving.
Eso fue ayer, la noche del 31 de Octubre. Yo, la pasé con el mismísimo Washington Irving, Baudelaire, Victor Hugo y Cayo Tulio Cicerón. Charlábamos animadamente alrededor de unos vasos de vodka Stolitchnaya (Vodka "de la capital", que eso quiere decir stolitchnaya) bien fríos, please. Hablábamos de ustedes vosotros, mis amigos, entre otras cosas. Nos hicimos lenguas de qué maravilla de recetas contaban en sus blogs mis amigos gastrónomos. Les conté que había hecho una receta del maestro Apicius y cómo me maravillaban las recetas de Viena y del Oteador aunque fuera incapaz de ponerme a realizarlas.
Hugo y Baudelaire, que habían vivido en Bruselas -como exilados- allá por los tiempos de Louis-Philippe, me dijeron: Sorokin, eres un capullo. Sabemos que eres un cocinilla, pues cuenta algo de lo tuyo, algo belga, que al fin y al cabo eres medio belga, connard. Y yo me dije, ¡tate! si lo dicen mis amigos difuntos, ¿por qué no?. Así es que, me he puesto las pilas y he hecho una recetilla medio belga, medio Sorokin. Voilà. Ahí os va, amiguetes:
He hecho unas endivias caramelizadas con Kassler. Las endivias, en Bélgica se llaman "chicons". Por eso, cuando se inauguró el TGV (Thalys) entre Paris y Bruselas, la propaganda rezaba: "De endivia a chicon en hora y media".
Provéanse, mis queridos lectores de unas seis endivias de lo más fino posible. Córtenles el rabito del fondo (o sea el tallo, no me seais mal pensados), porque es lo más amargo:
Provéanse asímismo de unas rodajas de Kassler cortadas finamente. Ya sé que, a lo mejor en vuestros paises no son fáciles de conseguir. En Madrid, yo sé que sí. Hay que ir a la Mantequería Alemana en la calle Padilla. En el resto del mundo (¿hay otro mundo?) allá vosotros ustedes.

Bueno, venga, vamos a lo que vamos. En una cacerola, pongan ¡Oh ilustres amigos! unas pellas de mantequilla, derrítanla a fuego muuuuy suave e introduzcan las endivias-chicons en la cacerola. Añadan el jugo de medio limón, azúcar glas, sal, pimienta, una cucharada de agua y ¡hale! a fuego lento, como decía María Dolores Pradera, hasta que estén blanditas:
Cuando ustedes vostros os percatéis que ya están hechas, sacadlas, please y depositadlas con mucho amor en un platito al margen:
Acto seguido, con decisión, sin que os tiemble el pulso aunque vuestro corazón lata violentamente presa de la emoción del momento, como me pasó a mí, introducid las Kassler en la mismísima cacerola. ¡Pero ojo, sólo un momento, para que se calienten y se empapen del juguito!
Ya sé, ya sé, es emocionante, porque si las dejas mucho tiempo, la jorobas

Y ya, las sacáis, las ponéis en un plato junto con las endivias, como se ve en la foto de cabecera, y a papear.
Un servidor, las acompañó con un Brunello di Montalcino del 2006:

Uno de los vinos más famosos de Italia. No es barato, pero por una vez, vale. Es bueno, aunque a mí, en vinos italianos, me gusta mas el Amarone de la Valpolicella.
Pues ya véis, colegas, ya sabéis qué se come en casa de Sorokin el día de todos los santos. Ni pellas, ni gachas dulces, ni esqueletitos de caramelo y mazapán: Chicons caramelisés.
Un besote