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dimanche 30 mai 2021

Visita a Genalguacil, el pueblo museo, seguido de un par de interesantes recomendaciones

 


Hete aquí mis queridos y queridas amigotes y amigotas, amiguetes y amiguetas, ilusionados lectores e ilusionadas lectoras (esta vez no me pilláis) que  vuestro amado y admirado bloguero Sorokin consiguió escapar de su encierro bruselense en cuanto nos dieron permiso para salir del país, así es que vuestro seguro servidor y su compañía consiguieron un billete de avión, se hicieron un SCR y un PLF  (suena fatal, pero no es nada obsceno) y se largaron una semanita larga a Andalucía.

Aparte del natural descanso que implica el estar al lado del mar a 24ºC, huyendo de las lluvias belgas, decidimos ir a visitar lo que sus habitantes llaman "el único museo habitado del mundo": Genalguacil, el pueblo museo, en plena Serranía de Ronda:



Google recomienda, o más bien propone, dos rutas desde Manilva, que es donde nuestros espíritus fatigados se solazaban.



Yo os recomiendo, si queréis ir, que toméis la ruta por Gaucín (ya os hablé de tan singular pueblo. Pinchad aquí si vuestra memoria os falla). Es una carretera que tiene más curvas que la peluquera de mi barrio, que levanta oleadas de admiración cuando se pasea (ojo: no me acuséis de machismo, es un hecho constatado), pero que está en buen estado. Para volver se me ocurrió coger la otra carretera, cosa que os desaconsejo formalmente, porque, además de curvas, está llena de desprendimientos del terreno y zonas con el firme dañado.

Pero bueno, que ya estáis a la entrada de Genalguacil. Hay un aparcamiento a la entrada que tiene un letrero totalmente cabalístico:


A ver si alguno de vosotros, inteligentes lectores me explica qué entiende en ese galimatías.

Pero, en fin, la primera escultura os saluda antes de entrar. Es un tronco de árbol con unas misteriosas caras:


Mucho más comprensible es otra escultura en un tronco que está en el interior del pueblo:


Si seguís andando por sus calles empinadas, podréis ir contemplando una escultura tras otra.



La ofrenda de Yolanda Zabala



La muñeca preñá, de Mercé Iglesias



Fusión, de Jaime Becerra



El Patarino, de Ramón Paredes



Impulso, de Alfredo Coza


Y no os sorprendáis si en un recodo de una calle aparece la mismísima Pantera Rosa.


En el extremo del pueblo, aparece volcada sobre el vacío, "Abrazando la luz" de Antonio y Nuria Haro.



Si seguís el recorrido por el pueblo, podréis comprobar que el arte popular está presente por todos lados:


Y para relajaros finalmente, podéis seguir hasta la Plaza Mayor, con unas vistas maravillosas de la Serranía:



Si después de terminar el recorrido y sobrevivir a la ruta gris (ver mapa, más arriba), llegáis a Sabinillas, podéis visitar para continuar inmersos en el arte, la exposición de pinturas de J.D. Smith en el bar "Florita", en el paseo marítimo.  Lamentablemente creo que se termina el día 31, así que os queda poco tiempo. Bueno, tal vez la prolonguen: (*)



Y como colofón de tan maravillosa jornada, os recomiendo que vayáis a la Brasserie Belge, "QG" de nuestro amigo José González, sitio de reunión de todo el mundillo belga de la región:



En QG hay más de cien cervezas belgas. Por ejemplo, una fastuosa "Kwak" con su vaso especial y todo (cuidado al llegar al final, que no salte la cerveza fuera del vaso, sería una pérdida)





Además, este año, como novedad tiene algunas tapas belgas, como estos jugosos mejillones, amén de hamburguesas, patatas fritas a la belga, filete americano. Si no sabéis lo que es, preguntad a un belga. Los franceses lo llaman "tartar". En fin, hay un diccionario belga-francés para los que habláis francés, pero no belga. 

Bueno, voy a dejar de daros la brasa, que  ya estuvo suave. Y es domingo. Venga besotes, besazos, besines y, en general, besos.

(*) Me informan que "Florita" ha cerrado. En su mismo emplazamiento va a abrir un nuevo restaurante que se llamará "La Paloma". Las pinturas de Justin (J.D.Smith) se quedan para el nuevo restaurante, que abrirá el 5 de Junio.


samedi 1 juin 2013

Qué hacer en Mayo en Bruselas: los invernaderos reales, una exposición de Hokusai y el Jazz Marathon



Sé lo que me vais a decir, queridos lectores, que en Mayo en Bruselas lo que hay que hacer es ponerse a cubierto con un buen paraguas y protegerse como se pueda de estas cataratas interminables que nos están cayendo, que ya nos sale musgo entre las uñas de los pies y nos rebosan caballitos de mar por las orejas. Cierto, no andáis muy errados, pero os voy a decir que hay dias (pocos) que escampa y hay, ¡oh queridos e ilusionados amigos!, que aprovecharlos al máximo. Por ejemplo, algo que hacer es ir a visitar los invernaderos reales de Laeken. Sobre todo, porque no están abiertos al público más que la primera quincena de Mayo y, verdaderamente, son impresionantes. Los invernaderos, como casi todas las obras grandilocuentes de Bélgica, son obra de Leopoldo II:




Un personaje descomunal, cuya sombra es mucho más grande que su pais. Leopoldo II fue el segundo rey de Bélgica, estado que, como todos sabéis, nació en 1830, tras sacudirse el dominio holandés que siguió al periodo napoleónico (y a otros muchos dominios, válame santa Gúdula, entre otros el dominio español entre 1500 y 1700). Y aunque parezca que Bélgica es un estado joven, justo es decir que más jóvenes son Alemania, que existe como tal desde Bismark, e Italia, desde Garibaldi. Bueno, el hecho es que hacia 1865, cuando el colega Leopoldo subió al trono, Bélgica era el segundo pais más rico del mundo (tras Inglaterra) gracias al carbón y al acero. Y, tate, tate que Poldito (le voy a llamar así, yo es que soy un iconoclasta) se las apañó para que los ingleses le reconocieran la propiedad del Congo, que había descubierto su asalariado  Stanley, (el de "Doctor Livingston supongo"). Pues bien, Leopoldo, lleno de dinero gracias a "su" Congo, construyó los invernaderos más impresionantes del mundo de la época. Y, hete aquí que solo los abren en Mayo. Naturalmente, vuestro bloguero favorito se precipitó a verlos dado que, además, hubo un día de no-lluvia.

Las colas eran impresionantes, lógico:




Pero la espera valió la pena. La ampulosidad y grandiosidad del escenario dicen mucho del carácter de Leopoldo:






Helechos arbóreos, plantas de todo tipo, flores de mil colores:



Hay una parte de la visita estipulada que pasa por los (inmensos) jardines exteriores. Como los cerezos acababan de florecer, la lluvia había hecho caer las hojas de las flores hasta formar una nieve rosa:



Y, para acabar el recorrido, el jardín japonés. Leopoldo trajo artesanos del Japón e  hizo construir una torre del más puro estilo japonés:



Venga, colegas, a que si no os digo que es Bruselas os creeriaís que la foto está tomada en Kioto o por ahí.

Para seguir la visita, una vez que vuestras almitas ansiosas de belleza estén saturadas de flores y plantas,  podéis seguir hasta el museo de Oriente (que tambien hizo construir Poldín):




En su anexo, que, ciertamente tiene un estilo bastante más rácano, con ese ladrillo rojo visto, está abierta hasta el nueve de Junio una exposición de Hokusai:







Así es que ya os podéis dar prisa si os interesa. Yo confieso, ¡Oh cielos abiertos de los dioses familiares!, que lo único que conocía del más famoso pintor japonés es la conocida ola con el monte Fuji al fondo, ola que no estaba entre lo expuesto. La verdad es que no hay muchas cosas en la exposición. Sobre todo, no hay muchas comparadas con los miles de dibujos, de pinturas, de mangas que debió hacer el bueno de Hokusai San. De todas formas, su técnica es una maravilla. A mí, aparte de las vistas del Fuji que había, me gustó esta, que no sé qué quiere decir, pero me gustan las mozas nadando, los pescadores mirando y ese puente que no se sabe muy bien si es un puente o qué es:



De las famosas 40 vistas del Fuji, una de las que más me gustó es esta:




Lamentablemente, como digo, no estaba la famosa ola. Y -para qué os voy a contar- ninguno de sus más espectaculares dibujos eróticos, como "el sueño de la mujer del pescador".  Aunque no estaba en la exposición, no puedo dejar de poneros la ola:



La he sacado de la Wikipedia. Las otras dos fotos las hizo vuestro bloguero furtivo en la exposición. Se ve el Fuji casi a la misma distancia a la que un servidor, en un momento de calma, le hizo una foto desde el hotel de Akasaka cuando estuve en Japón en Febrero de 2008:



En cambio, mi intento de llegar más cerca del señor Fuji, en Mayo de ese año se saldó con un rotundo fracaso, como ya os conté aquí.

Y para reponeros de una jornada tan llena de emociones, y si, por si acaso se ha puesto a llover, os puedo recomendar que vayáis a tomar una cervezota a uno de los bares con más historia de Bruselas: "la fleur en papier doré":





Sé que os va a gustar. Tiene historia, tiene ambiente, tiene "cachet" y tiene -sobre todo- buena cerveza. Es un bar que existe desde los tiempos del mismísimo rey Leopoldo II. Aquí, dicen, se empifaban Baudelaire, Victor Hugo y toda la panda de exiliados franceses que huían del régimen de Louis-Napoleon Bonaparte. Después pasó por diversas vicisitudes hasta que, en los años 50 del siglo XX, fue el refugio de los surrealistas belgas: Hugo Claus, Magritte, Scutenaire, de Ghelderode, Dotremont, Marcel Mariën, Achille Chavée, etc.. (lo he copiado de un folleto, oyess, que yo al único que conozco es a Magritte, que no voy a tirarme el moco).  Y he aquí a Magritte con toda la panda (es el segundo por la derecha)






En los años noventa cerró y, por fin, en el 2000 ha vuelto a abrir, así es que no os lo perdáis, no vaya a ser que vuelva a cerrar. A la entrada hay un letrero que dice: "esto no es un museo, aquí se consume", así pues, por lo menos, marcaros una Hopus, de 8,5º:



O una "Malheur" (ojo, esta tiene 10º)




Bien, pues no puedo acabar esta espesa reseña del Mayo bruselense sin mencionar el Marathon de Jazz, que dura tres días, tres:



Como no quiero extenderme más, que me vais a acabar odiando por plasta, os dejo simplemente con el Sorokinesco video que me he marcado como resumen de los tres días (solo llovió uno de los tres, gaudeamus ígitur)







Venga, un  grandísimo besote 

samedi 19 janvier 2013

Los pilares de la tierra, la abadía de Grimbergen y unas ostras rockefeller


La semana pasada, queridos y asiduos lectores, a los que os supongo tan aburridos como yo, porque si no, ¡voto a bríos! ¿qué diablos hacéis aquí leyendo las tonterías que cuenta un servidor en vez de estar en el cine, en el teatro, en la playa o tomando gaseosas en el bar del barrio?, digo, que la semana pasada el Canal+ belga nos obsequió con el último capítulo de la temporada segunda de "los pilares de la tierra". Como ya me he informado (uno es que no para) que en España tambien se acaba de terminar la serie, no voy a tener vergüenza ni cortapisa ninguna en decir lo que me apetezca al respecto. Y lo digo resumiendo: me pareció un bodrio. Me gustó bastante la primera temporada. No he leido la novela de Ken Follet (ni la pienso leer, que es muy gorda y tengo muchas cosas en la lista de lecturas pendientes), pero por lo que dicen, la adaptación de la primera temporada fue bastante fiel a la novela. No me consta si fue fiel o no, no indago en la vida privada de las series ni de la gente, pero me pareció interesante a la par que bien dirigida, bien ambientada y con algunos monstruos de actores, como Donald Sutherland. Además, la alta edad media siempre me ha fascinado. Me impresiona que gentes que vivían pobremente en su mayoría, fueran capaces de sufragar esas impresionantes catedrales románicas y góticas que nos siguen dejando pasmados. Vamos, que la serie me gustó:




La segunda temporada, en cambio, me ha parecido lamentable. Tambien está basada en una novela de Ken Follet: "un mundo sin fin" y tambien la ha producido la empresa de Riddley Scott (lo siento, Riddley), pero casi casi producen risa algunas de las situaciones y, ya, el último capítulo es para cortarse las venas. En fin, no digo más. Pero animado por estas historias de catedrales, priores, duques y otra gente de esa categoría, el sábado pasado me decidí a dar una vuelta por la abadía de Grimbergen, en la periferia de Bruselas:




Fue el último fin de semana en el que no nevaba, porque después nos han caido mas copos encima que todos los paquetes de Kellogs del mundo puedan contener. La historia de la abadía es tambien bastante truculenta. En el siglo XII, el señor de Grimbergen se atrevió a desafiar al duque de Brabante (se supone que en un ratito en el que no estaba cocinando faisán a la brabanzona) y construyó una abadía en su pueblo. El duque se enfadó y la incendió, lo cual, ¡Oh amiguetes!, está feísimo. Pero en fin, así estuvieron dale que te pego hasta que los españoles ocuparon Flandes y, parece ser, que favorecieron un periodo de tranquilidad en la zona. Ni entro ni salgo, eso dice la historia. Pero ¡ay! con las revueltas del siglo XVII, los iconoclastas volvieron a destruir la abadía. En resumen, que la abadía actual data del siglo XVIII, construida entre 1720 y 1780. Es de un barroco explosivo, como se puede ver:




El púlpito, las imágenes de madera, el coro son de un barroco manierista tremendo. Mirad, oh queridos lectores, como se retuercen los santos, como si hubieran sido asaltados por un enjambre de avispas:





En cualquier caso, el conjunto, es muy interesante. Os lo recomiendo. Pero más todavía: Grimbergen, como toda abadía que se precie en Bélgica, produce una cervezota de gran calidad. El día que fuí, con todo y el frío que hacía, no puede evitar ir a comprar varias resmas de cerveza. Fue más fuerte que yo:



Si os apetece ir, ya sea en vacaciones, ya, si andáis por aquí haciendo el canelo como un servidor, lo que tenéis que hacer es, en saliendo de la abadía, tomar la calle de la derecha. Veréis (sorprendente para ser en Bélgica) unos sanitarios... ¡gratis!, pero si no sentís ninguna presión en vuestros riñones, debéis continuar. Un poco más lejos, a la izquierda, está la tienda:




Y ya, con vuestras botellas, podéis volver a casa. A menos que queráis ir al restaurante de la abadía, del cual no os puedo decir ni mú, porque no he ido nunca. Pero en fin, venga, a la aventura. Y ya me contaréis. Vale, amigotes. Y para terminar tan provechosos sábado, me hice unas ostritas rockefeller. Bueno, son rockefeller porque yo he decidido que lo son, porque lo único que he conservado de todas las recetas que he leído es lo de añadirle espinacas. Hay quien pica la ostra (horrible sacrilegio, cielos, la tratan como un vulgar mejillón) y hay quien añade besamel, pan rallado, ectétera. Yo las hice a mi aire: Cociné y machaqué espinacas (alahuí alahuí alahuaca, las espinacas se machacan)




Las rehogué con cebolla picada, mantequilla y hierbas del maquis que guardo desde que estuve en Córcega:




Abrí las ostras (lógico, sin abrir son muy pesadas para el estómago) y puse en cada una unas pocas espinacas:




Añadí queso rallado:




Las metí al grill del horno un ratito, y esto es lo que quedó:




Bueno, a lo mejor os parece una simpleza, Oh queridas gentes, pero a mi me parecieron magníficas. En fin, os voy a dejar en compañía del invierno que nos ha asaltado esta semana, como puede verse en este video:




Besotes a todos