mardi 5 juillet 2016

Penny Dreadful y el Brexit


En este verano belga, que no acaba de llegar, donde a primeros de julio la temperatura media es de unos 18º y caen todos los días enormes cataratas de agua desde unos grises nubarrones, amén de vientos huracanados, rayos, truenos y centellas, se nos están acumulando las noticias desalentadoras (y las llamo así para no exagerar). Primero el 23J, nuestros amigotes británicos deciden dejar el continente solo y ponerse a vivir la vida por su cuenta. A continuación, el 26J nos llegan noticias de que las elecciones en España no han ido como deberían o como a un servidor le hubiera gustado. Y digo nos llegan noticias, porque la Embajada de España ha tenido el detalle de no enviarme mis papeletas, como era su deber y obligación.

Para acabar de sumirnos en la depresión, la productora de la serie "Penny Dreadful", una de mis series favoritas (como todos sabéis yo soy un adicto seriéfilo) ha decidido terminarla al fin de la temporada tercera. Válame Dios y qué pérdida. Uno que ya estaba absolutamente absorto y fascinado por las aventuras de Vanessa Ives y su lucha contra los demonios, íncubos, súcubos, vampiros en el Londres del siglo XIX, se queda con cara de lelo y dice ¿Y ahora qué hago? ¿cómo paso las frescas tardes de verano, sin ver los agresivos ojos de Eva Green o la mirada socarrona de gentleman de Timothy Dalton?

Ya sé que no ha tenido el relumbrón de "Game of Thrones", pero los adictos nos lo hemos pasado terrorífico con la serie. Para empezar, un comentario sobre el título: un "penny dreadful" era una novela barata de terror que se vendía en el Londres victoriano, y que costaba un penique, como ésta:



La traducción más cercana que he encontrado en castellano es "novelucha". También se vendían noveluchas baratas en España aunque, claro, no costaban un penique. Ésta, por ejemplo, costaba 20 céntimos:





Desde los tiempos en los que tiene lugar la serie han pasado muchas cosas en Londres. Como a casi todos los españoles que conozco, es una ciudad que me fascina y que se ha modernizado a ritmo sostenido, pero siempre manteniendo un sello propio. A veces, es cierto, hasta con un aspecto un poco escalofriante, como el puente de la torre visto de noche:



O esos monstruos que vuelan por el interior del Museo Británico:




Es cierto, el clima gris, la niebla frecuente hacen que la ciudad tenga un poco de aspecto mágico y misterioso. Claro, que para eso están los "pubs", para ahuyentar la noche:


Donde todo inglés que se precie va a tomar unas pintas de cerveza bitter en sus horas de asueto. Aunque ya se han modernizado y tienen en todos los pubs grifos de diversos tipos de cerveza. En una ocasión, en uno de los bares de Carnaby Street ví que tenían un grifo de "Leffe". Pedí una, yo espero que en correcto inglés, pero el camarero me respondió directamente en francés avisándome que sí, que tenían Leffe, pero no el vaso semiesférico típico. La tomé, y desde luego, no sabe igual en un vaso inglés de una pinta.

En esas tardes de comienzo de fin de semana, las londinenses en general se despendolan, con sus minifaldas, armando follón hasta en el Metro:



Insisto, a servidor le gusta mucho Londres. He vivido allí, he trabajado allí y me he cogido algún pedal a base de cervezotas (y ya es mérito, porque son muy ligeras). Por eso, me ha llenado de tristeza el hecho de que unos jetas hayan convencido al pueblo inglés para votar por el Brexit. Ya lo sentirán, ya, y si no, al tiempo.

Fijaos, ¡Oh amigotes! en este conferenciante de domingo en Hyde Park Corner. Está diciendo que su misión es reunir a todo el planeta. Y sin embargo, van y se separan:





Cierto es que, muchos británicos piensan que su relación especial con los USA los pone a salvo de todo. Hasta en la calle se puede ver en un banco a Churcill conversando con Roosevelt. Verdad es que están ya un poco bronceados de tanto estar al aire libre, pero ahí están:



Pero en fin, mal que les pese, los británicos son europeos. Se acabó el imperio, se acabó el "Raj"* y son una isla más. Poderosa, pero una isla. Cuando yo trabajaba por allá, había ingleses a la antigua que decían que si estaban en la Unión Europea era para controlarla y dirigirla. Pues no sé, lo que sí han hecho es poner bastantes piedras en el camino. Pero, ved, oh amigos, que en el mismísimo Albert Memorial, monumento a las glorias británicas, en uno de los frisos dedicado a los literatos, aparecen juntos Corneille, Molière, Cervantes, Virgilo, Homero... Ni un solo gringo:



Pero bueno, vuelvo a Penny Dreadful. Como dije arriba, ya he visto el último capítulo de la tercera temporada. Vamos, el último capítulo de la serie. No sé si la habéis seguido, pero de verdad, a pesar de la pena que da que se acabe, el capítulo es muy bueno y está dirigido por un español, Paco Cabezas. La última secuencia es para ponerse de pié y quitarse el sombrero. Os la copio a continuación. No tiene spoilers, no se ve de quién se trata, así que podéis verla:



El narrador, con una voz que os dejará impresionados recita unos versos de Wordsworth. Los versos son de una oda que está llena de nostalgia por el tiempo que ha pasado. No copio los versos en inglés, porque están subtitulados en el video. Os pongo una traducción aproximada al castellano:

Hubo un tiempo, cuando prados, bosques y arroyos
la tierra y todo lo que yo veía
se me aparecían ataviados en luz celestial,
la gloria y la frescura de un sueño.

Ahora, no es como antaño
por doquiera que miro
de día o de noche,
ya no puedo ver todo eso

Pero hay un solo árbol,
uno entre muchos,
un único campo que miro
me hablan de algo que se ha ido
la flor a mis pies
repite la misma historia
¿a dónde ha ido aquella visión brillante?
¿dónde están ahora el sueño y la gloria?

No es todo el poema, que es mucho más largo y que ya se utilizó en "Esplendor en la hierba" (así se dice en otro de los versos), la película de Elia Kazan con una Natalie Wood que tras todos esos años muerta, sique enamorándonos a todos.

Pues eso, que ya no nos queda Inglaterra ni volveremos a ver a Eva Green como Vanessa Ives, pero siempre podemos volver a ver a Natalie Wood.

Besotes, que me he puesto plastísimo







jeudi 2 juin 2016

Los Hospicios de Beaune en Borgoña. Capítulo 2, por las rutas de Provenza y Borgoña



Ya sé que me vais a decir, Oh amigos, que ya era hora de contar la segunda parte del atrevido y osado viaje de vuestro bloguero Sorokin por las rutas de Francia. Pues bien, vuestras súplicas han sido escuchadas, y un servidor, que soy yo, se ha, por fin, armado de valor, sacudido la modorra y se ha puesto al teclado de mi Mac (es que lo compartimos Sorokin y un servidor)

Os dejé dando vueltas por Provenza, en medio de un brillante tiempo soleado de primavera. Bueno, pues la siguiente etapa fue Borgoña.

Por si no lo sabéis, o solo lo sospecháis, Borgoña es una de las regiones con más personalidad de Francia. De hecho, durante mucho tiempo, Borgoña fué una nación, tanto como Reino, como Condado o como Ducado. Solo fué definitivamente parte del reino de Francia en 1477. Vamos, casi como Aragón y Castilla.

Me voy a poner un poco plasta, pero poco, os lo prometo, que es tarde y mañana me voy de viaje. Borgoña le debe su nombre a los Burgundios, una de las tribus germánicas que acabaron cargándose al Imperio Romano. Venían empujados por los Hunos, de Atila. Como veis, las migraciones empujadas por las guerras han existido siempre.

Bueno, pues el reino Burgundio acabó siendo conquistado por los Francos y acabó por formar parte del reconstruido Sacro Imperio de Carlomagno. El buen Carlos-grande (traduciendo), dividió su imperio entre sus hijos. Una de las porciones, fue la Borgoña que, tras guerras (les gustaba la guerra a esas gentes, sobre todo a los militares, nobles, caballeros y similares: como ahora) acabó consolidándose como el Ducado de Borgoña en el siglo XV. En su máxima extensión, cubría desde Holanda hasta Provenza;


El artífice de todas esas conquistas fué Carlos el Temerario, Duque de Borgoña:



Carlos murió en la batalla de Nancy y, finalmente, Borgoña se incorporó a la corona francesa.... salvo ¿qué?... Flandes. Tomad nota, amigotes, que esto traerá consecuencias para todos nosotros. En Flandes dejó una hija: María de Borgoña que, mira tú por donde, tuvo a su vez un hijo: Felipe el Hermoso. Sí, ese, ese. O sea que fué la abuela de  nada menos que ¡Carlos Quinto!. Las consecuencias de eso, y las guerras europeas que organizó Carlangas V (qué falta de respeto, Sorokin) para recuperar la Borgoña que consideraba suya, ya os las sabéis. Así que, me callo, que ya es hora y voy al grano.

Como ya os dije el otro día, salí de Aviñón, dí una vueltas por Provenza y me encaminé a Beaune, para mi gusto la ciudad más genuina de Borgoña:


Una noche de hotel, y a la calle, bajo una especie de chirimiri que no tenía nada que ver con la soleada Provenza. Beaune tiene una agradable plaza central, con un Gran Café, como se debe en Francia:



Y un Hotel Central, en el que si sus mercedes se fijan bien, puede verse en la ventana al mismísimo Carlos el Temerario. Me vais a decir que el peinando es diferente. Vale, pero es que a veces iba al peluquero. En la ventana de la izquierda hállase, tal vez, su hija Mari:




Pero lo imprescindible en Beaune es visitar los Hospicios:




Una obra increíble para ser del siglo XV, dedicada a los pobres, fué fundada en 1443 por Nicolas Rolin, Canciller del Duque. La impresionante sala de los pobres es una maravilla:



En la pared del frente, donde hoy hay una imagen, en su día presidía el Políptico del juicio final de Roger Van den Weyden. Hoy día, el políptico (bueno, yo creo que en Español se dice el "retablo") está en una sala anexa. El retablo fué encontrado en el siglo XIX cubierto de porquería en un establo. Los discípulos de Viollet le duc, que a su vez se habían encargado de la restauración de los hospicios, lo limpiaron. Y aquí está:



Y nadie me dijo que no hiciera fotos. Eso sí, no se puede usar Flash, pero realmente la iluminación es tan buena que no hace falta.

Como puede verse, a los pobres no se les trataba mal. Cada uno tenía su camita protegida por una cortina:


También, como pasa hoy día, había zonas para los que pagaban, mucho más lujosillas. Y tan cómodas, que algunos turistas se duermen:








La cocina, muy bien restaurada parece que estaba bien surtida:


Pero otra cosa importante, para los amantes de los buenos caldos, como ustedes y un servidor, es que los Hospicios tenían (y siguen teniendo) unos viñedos propios. Naturalmente, en los propios hospicios, si tenéis el valor de pagar lo que cuestan, se pueden comprar. El día que yo estuve, nadie osó comprar una botella.



Vuestro bloguero se fue a la tienda de enfrente de los Hospicios, donde siempre paraba yo cuando viajaba entre el Sur de Francia y Luxemburgo, donde mis húmedos huesos vivían por entonces. "Atheneum" que vende de todo. Desde souvenirs kitsch hasta vino, supuestamente más barato que el de los Hospicios.


Le pregunté al vendedor cuanto valía una botella que me miraba de forma insistente. La repuesta no es que fuera muy animada: 70 euracos. Compadeciéndose de mí preguntó que cuanto podía gastar. Haciendo de tripas corazón, con vocecilla temblorosa le dije "¿como veinte euros?" Me miró con desprecio altanero y me vendió un Nuits St Georges que dijo que no estaba mal, por veinticinco euros. Lo más barato que tenía. Naturalmente, lo ha puesto en mi biblioteca, al lado de la copa de Europa de Mús que gané en 1989:




Bien. No os puedo dejar sin mencionar el plato más mundialmente conocido de Borgoña: los caracoles a la borgoñona. Como decía una secretaria inglesa cuando yo trabajaba en Londres, con una gran cara de asco: "Oh... the Frenchmen eat SNAILS" (Los franceses comen CARACOLES), qué horror. Bueno, pues si tenéis ocasión no os los perdáis, horneados con una mantequilla de ajo y perejil. Es la última etapa antes de la Gloria absoluta:




Venga, besotes, que ya os he dado bien la brasa

samedi 14 mai 2016

Por las rutas de Provenza y Borgoña. Capítulo 1: El valle del Ródano


Os había abandonado, queridos amigos, en Barbastro y os había prometido que iba a continuar dándoos la turrada -como dicen en Bilbao- contándoos el resto de la procelosa aventura de vuestro amado bloguero Sorokin hasta llegar, Laus Deo, a Bruselas al volante de su coche (que es el mío, es que lo compartimos, somos así de amigachos).

Pues bien, la etapa siguiente fue una etapa sin historia, salvo una tormenta de campeonato que nos cayó a la altura de Perpiñán. Parecía que el coche iba a salir nadando, pero todo se quedó en el susto. Eso sí, a los camiones se les da un ardite que caigan chuzos de punta, te adelantan salpicando cataratas de agua que, mira tú por donde, va a parar a tu parabrisas, cegando tu visión del mundo que te rodea. Bueno, pero la tempestad se calmó y, al fin, en la hora bruja del crepúsculo (eso es estilo, ¿a que sí?) vislumbré a mi derecha la silueta mágica del Mont Ventoux, como un fantasma en el cielo de Provenza (estás desatado, Sorokin). Me paré y le hice una foto, que os he puesto en la cobertura.

Y por fin, tras casi 800 Km, Aviñón. Ya os he hablado de mis viajes a la ciudad de los papas en los tiempos en los que curraba por ahí (podéis pinchar aquí, gurriatillos). Así es que fué para mi un reencuentro. No muy efusivo, porque estaba hecho polvo, así que cené cualquier cosa en el hotel y a dormir.

Por la mañana del día siguiente, me metí un desayunillo en el hotel:





Y me lancé a la carretera para ir a Lirac e intentar visitar las bodegas de la zona:




Ya os he contado que el Lirac es uno de mis vinos preferidos del Ródano. Pues ahí tenéis a Sorokin por la carretera D26, calmadamente, relajado, extasiado ante la vista de los viñedos de Lirac enmarcados por el Mont Ventoux:


Impresionantes viñas, nudosas, viejas, que se resisten a morir y que cada primavera hacen brotar hojas verdes. Precioso:





Y en esas cavilaciones andaba yo, cuando me percaté que se aproximaba el medio día de forma inexorable. Podéis ver en la torre de la iglesia de Lirac que eran las doce menos diez. ¡Rayos! se me había olvidado que Francia, sobre todo la Francia rural, se paraliza a mediodía para dar satisfacción a sus estómagos. Naturalmente, Lirac estaba vacío. Ni un alma:


Os había hablado en otro post de uno de mis Lirac preferidos: Le Moulin des Chênes. Bueno, pues este es el aspecto que ofrecía la bodega que ostentaba tal nombre:


Ni un gato, ni un perro, ni una persona (humana o no), nada, el vacío. Desesperado, por fin, en la plaza, un amable restaurador que estaba esperando que alguien cayera en su restaurante me orientó hacia la única bodega que podía estar abierta. Me lancé como un rayo. Estaban a punto de cerrar tres bellas mozas recogiendo lo que había por medio. Se apiadaron de mi persona y me hicieron probar (poco, que tenía que conducir) unas botellas que, según ellas, eran las mejores. Cierto. El Lirac St Valentin me pareció excelente. La atractiva joven me dijo: cuesta 7,60 euros. Un servidor, entre los nervios del momento y el resplandor que salía de tan guapa mujer, preguntó de forma idiota: -"¿y si compro seis botellas?" Con sardónica sonrisa, le respuesta -lógica- fue: -"fácil, 7,60 multiplicado por seis". Me encantan las mujeres inteligentes.


Aquí os pongo la foto del St Valentin, una vez que lo llevé a mi casa de Bruselas. Como podéis ver, el capitán Haddock y Dupont están tan sorprendidos que no saben como meterle mano (o boca, vaya)


Vuestro amado bloguero siguió por las carreteras departamentales hasta llegar a Roquemaure:



La verdad es que mientras que yo admiraba el castillo a unos cincuenta kilómetros por hora, un badulaque decidió adelantarme con aspavientos y alboroto. Casi se la pega, porque venía otro coche de frente. Oye, yo seguí, que la cosa no iba conmigo. Además, luego te tienes que poner a recoger huesos y eso (es broma, no pasó nada).

Lo bueno es que un poco más lejos, en St Laurent-des-Arbres descubrí una nueva bodega abierta. De la puritita sorpresa, ni foto le hice. Menos mal que Google viene en mi auxilio con esta foto a vista de dron:



El paisano de la bodega, con todo y boina, como debe ser, me dió a probar dos Liracs (insisto, que solo los olía). Me quedé con éste, que según el hombre es mezcla de Garnacha y Morvèdre:


Fascinante. Buenísimo, de verdad. Ahora, todos están en mi bodega esperando el momento de ser absorbidos por mis sistemas digestivos.

En resumen, que lo pasé bien, que descubrí un par de vinos interesantes y que tengo que volver con más tiempo.

Pero no voy a irme sin mencionar lo que fué la decepción del viaje: Châteauneuf-du-Pape. No había ni una bodega abierta. Ni siquiera había una "cave des vignerons", solo, como me dijo la camarera del café donde me bebí un miserable expreso, "des caveaux". Y todos cerrados. Y el pueblo leno de turistas ingleses intentando lo mismo que yo: comprar vino. Bueno, otra vez será




Y nada, amigotes, desde aquí seguí a Borgoña, pero eso será objeto de un próximo rollo patatero sorokinesco

Besotes

samedi 23 avril 2016

Barbastro y el Somontano



Mis queridos amigos, Hoy, como todos sabéis es el cuatrocientos aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare. Como decía un amigo: ¡Ay, qué cachondos, y se van a morir justamente el día del libro! Pero en fin, aparte de mi muy sentido homenaje, no es de eso de lo que quiero hoy platicaros, como dirían al otro lado del Atlántico. No. Os voy a contar, si ustedes me lo permitís, mi viaje al Somontano, en Huesca.

Vuestro bloguero del alma se había ido a pasar las vacaciones de Pascua (nótese que al norte de los Pirineos, lo que se festeja es la Pascua, y no la Semana Santa. Ellos celebran la vida y los duros hispanos la muerte) a Andalucía en coche. Sí señores, me chapé 2300 Km al volante, así que tenía que volver de la misma manera. Lo hice en varias etapas, que son muchos kilómetros. La verdad es que, si los contamos en millas, son menos, pero a mi coche le da igual. (Valiente chorrada, Sorokin)

La primera etapa fue Madrid, pero de eso no os voy a hablar, que ya os he dado bastante la turra con mis aventuras en la capital. Para la siguiente etapa, decidí abandonar mi ruta habitual, por Burdeos y París e ir por el Somontano, Aviñón y la Borgoña.  ¿A qué os suenan esos nombres? Pues eso, que me dije: Sorokincillo, ya que tienes que ir por tierra, riega esa tierra con los vinos de la zona.

Pasé la primera noche en Barbastro. Había reservado una habitación en el Hotel Rey Sancho Ramírez, a un par de kilómetros del centro.:






El hotel está bien. Un poco vetusto, pero cómodo. Lo mejor, la cama, con unas sábanas de hilo fino que mi cuerpo serrano no había catado desde que iba a casa de mi abuela hace siete u ocho mil años. El personal, amable. Sobre todo la encargada de la cafetería del hotel, una señora de lo más simpática. Cuando me llevó a la mesa el café en el desayuno, le temblaba algo el pulso y dijo con un maravilloso acento aragonés: "Vaya pulso que tengo, estoy como para robar panderetas". Esa me la guardo.

Como por la noche el hotel no tenía restaurante, me fuí al pueblo. Bastante solitario, bajo la lluvia:


Callejeando descubrí un restaurante que os recomiendo, amiguetes: Bodega del Vero. Puede engañar, porque lo primero que aparece al entrar es una tienda fascinante, llena de productos de la región:




Pero, tiene un sótano, bodega, restaurante, de lo más acogedor:



Comí unos fabulosos espárragos cuya foto no os pongo, porque salió francamente mal. En cambio si me salió la foto del vino, Señorío de Lazán. Magnífico.

Volví por la mañana. La bodega estaba cerrada. Pero si vais por Barbastro, que su aspecto exterior no os detenga. Sus y pa'dentro, que vale la pena.




Para ese día, tenía concertada una cita con las Bodegas Enate, mi vino preferido del Somontano. Enate está en Salas Bajas, a pocos kilómetros del centro de la ciudad. No confundirse, porque hay un pueblo que se llama "Enate", pero no es ahí donde están:



Una vez tomáis la carretera, tras dejar la A1232, empiezan a aparecer la viñas:



Al punto, aparece la bodega, de arquitectura moderna, pero respetuosa con el entorno:



Me acogió mi simpática guía, que me condujo por los más recónditos secretos de las bodegas:




Los tanques de fermentación:



El vino tras ser fermentado y según su año y composición se almacena en barricas:



Tras eso, el vino se embotella:



No sé cuantos millones de botellas me dijo mi guía que había. Es que con la impresión, no retuve ni una miserable cifra de todas las que me dijo.

Enate empezó en 1992, y desde su origen ha estado ligado al mundo de la pintura y del arte: en esta tabla, se pueden ver las diferentes etapas de la fabricación del vino: vendimia, fermentación, etc. Cada añada y cada cepa tiene una etiqueta pintada por un pintor conocido, casi todos aragoneses. Los originales de las etiquetas están en una sala exposición, pero ¡Ay!, mi guía fue tajante, en esa sala no se pueden hacer fotos.



A cambio, me dejó hacerle una foto a un turista que pasaba por allí y que sorprendimos mirando embelesado el vino en las barricas:




Como digo, no pude hacer fotos de las pinturas, pero hete aquí, Cide Hamete (que se note que hoy es el día del libro) que he encontrado en Internet una copia del original de la etiqueta de mi vino favorito de Enate. El pintor es Alberto Carrera Blecua:



Etiqueta, que una vez puesta en mi vino, queda así:




Es un Cabernet-Merlot de 2012. Es un vino magnífico. Naturalmente, me llevé un cartón de seis botellas. En resumen, que vale la pena la visita. La bodega está limpísima, de hecho mucho más limpia que el Hospital de Bruselas donde estuve la última vez, y es ultramoderna.

Para acabar, si pasáis por Barbastro, podéis también ir a visitar la exposición de acuarelas de Manuel Nuño, en la librería Ibor:




Y bien, nada más por hoy, queridos amigotes. Naturalmente no os voy a dejar a dos velas. Otro día os contaré la continuación de mi vínico viaje, por el Ródano y la Borgoña.

Muchos abrazotes