mercredi 18 juin 2014

La costa belga: Koksijde, Nieuwpoort, La Panne y un rodaballo al horno




Esta es la historia, queridos amigos, lectores, observadores imparciales y otras buenas gentes (o malas, que yo no soy nadie para criticar vuestras maldades) de un fin de semana en la costa belga y del subsiguiente rodaballo que vuestro bloguero bien amado cocinó en su casita tras la visita (toma ya pareado).

Bueno, me diréis ¿Y cual es la costa belga?. Anticipándome a esta pertinente pregunta, os he traido un mapa de Bélgica, en el cual se ve que hay una franja de Bélgica bañada por las olas del Mar del Norte, desde Knokke-Heist hasta La Panne, ya en la frontera con Francia. (no se me pongáis tiquis miquis porque al colorear el mapa de Google se me ha ido la mano y me he pasado un poco hacia Eindhoven y hacia Aachen. No son reclamaciones territoriales, es el pulso de Sorokin que está más bien temblón). Lo que cuenta para esta historia es la franja de costa.



Toda la línea costera está dentro de la región flamenca, pero, en general, los flamencos de la costa son muy amables y no tienen ningún problema en hablar francés con los visitantes, a diferencia de la gente de Amberes, pertenecientes mayormente de los que llamaba Brel "flamingants", o sea, radicales flamencos. (San Tadeo me libre de criticar a nadie. Yo soy de Albacete. Es, simplemente una constatación)

Hay un tranvía que recorre toda la costa:



Mi excursión se limitó a la zona occidental de la costa, entre Nieuwpoort y La Panne. Como podeis ver, amigos, La Panne está ya casi en Francia y muy cerquita de Dunquerque, o sea, que en 1940 estaba dentro de la bolsa que defendieron los British ante el avance alemán:




Pero, vaya, eso son historietas del pasado. Un servidor, cogió (agarró, amiguetes de América latina) un tren para ir de Bruselas a Koksijde. Dos horitas de tren, y ahí estás. Lo duro es ver que la estación de tren, es una de las más desoladas y solitarias en las que yo he estado:





Por una de esas suertes que a veces pasan, apareció como un fantasma un autobús (y digo suerte porque solo pasa uno cada hora) que nos llevó al centro de Koksijde. Un centro de lo más estándar en las ciudades de la costa. Apartamentos, tiendas, edificios modernos:



La playa, tambien de lo más estándar en la costa belga: arena, casetas y violentas mareas.:




En la ciudad, algunos detalles interesantes, como este fresco, que hace pensar en Magritte, en una pared:


En lo que llaman por aquí "la digue", que es el paseo que está bordeando la playa, lo que podéis hacer si váis por allí a la hora de la merendola-cena, o antes, qué diablos, es ir a "Le Malouin", un bar que tiene unas magníficas fuentes de mariscos que te cocinas tú mismito, con tus manitas, a la piedra, mientras te empujas una Tripel Karmeliet (o dos, como fue mi caso, que no puedo mentir, que me lo dijeron cuando era pequeño):


Además, como la costa da al puritito Oeste, puedes observar cómo el sol se oculta a nuestros pecadores ojos, mientras trasgos, mastines del infinito, dragones mágicos aparecen en el cielo:




Y nada más por el primer día. Encontramos un hotel en la calle principal que no está mal y no es excesivamente caro:


El día siguiente, el plan era ir a Nieuwpoort. Para ello, no te queda otra que subirte al tranvía de la costa en dirección Knokke, o sea, hacia el noreste, Por cinco euritos tenéis un pase para todo el día:




Nieuwpoort es el gran puerto de la zona. Puerto deportivo y de pesca:


Está en la desembocadura del río Ysère, que forma un pequeño estuario, donde abundan los pajarillos, como estos cormoranes que secan sus plumas al sol. Bueno, lo de sol ese día era una licencia poética, porque solo apareció unos cortos ratitos, pero aquí los pajarillos estos, ponen sus plumas a secar, tanto les da.



Como puerto pesquero -el más importante de Bélgica- tiene un montón de pescaderías en las que, lógico, vuestro bloguero se zambulló buscando algo interesante:



Decidí que los rodaballos (el "turbot" de la foto) eran, si no baratos, sí originarios de la zona, porque, manda narices, tenían hasta perca del Nilo, horrible bicho que me produce escalofríos solo de verlo. Pues sí, me compré un  rodaballo y una almejas. Y tate, tate, folloncicos, que me lo cociné al llegar a Bruselas:




Y ¿cómo?, me diréis. Pues ahí voy.

Corté en rodajas unas escaloñas (me he enterado que se llaman así las échalottes) y las puse a pochar en mantequilla. ¿Y por qué mantequilla, oh traidor, y no aceite de oliva? Pues porque es una receta que me dió un pescatero de Honfleur hace unos años y he querido probarla:




En otra sartén, puse almejas, con un fondo de agua y un ramito de hierbas aromáticas:



Añadí un vasito de vino blanco. En mi caso, lo que tenía en la nevera, un Chardonnay de Borgoña:




Y bien, cuidado, mis cuates, no os vaciéis la botella mientras se abren las almejas, que, a lo mejor la vais a necesitar luego para acompañar el manjar. 

Una vez abiertas la almejas, las vais separando. El líquido que han soltado, lo añadís a la sartén ("el" sartén dirían mis amigos mexicanos) de la escaloña y dejáis que cueza un poco.




Tras eso, se añade a nuestro paciente rodaballo, que ha estado esperando el momento sin enfadarse (los rodaballos son buena gente);


Y ¡al horno!, veinticinco minutos a 180º. En ese momento, se le añaden la almejas y se le deja un par de minutos más, que si no se resecan, las tías:





Y nada, a emplatar y comer con lo que quede del Borgoña blanco:




Vale, para despedirme, os voy a dejar con Jacques Brel:




Mon Père disait (Jacques Brel)


Donde así describe la costa belga:


...C'est le vent du nord
Qu'a raboté la terre
Autour des tours
Des tours de Bruges
Et qui fait qu'nos filles
Ont l'regard tranquille
Des vieilles villes
Des vieilles villes
Qui fait qu'nos belles
Ont le cheveu fragile
De nos dentelles
De nos dentelles.
Mon père disait
C'est le vent du nord
Qu'a fait craquer la terre
Entre Zeebruges
Entre Zeebruges, petit
C'est le vent du Nord
Qu'a fait craquer la terre
Entre Zeebruges et l'Angleterre
Et Londres n'est plus
Comme avant le déluge
Le point de Bruges
Narguant la mer
Londres n'est plus
Que le faubourg de Bruges
Perdu en mer...


Besotes, amiguetes, que os salga bien el rodaballo


lundi 12 mai 2014

Cenando a bordo de un tranvía y otras aventuras en los tranvías de Bruselas


Bruselas, queridos amigos, tiene una extensa red de tranvías. No sé si son como 200 Km o algo así, lo que para una ciudad de un millón de habitantes está muy requetebien. Además, los tranvías son bastante ecológicos, no producen humos ni otros residuos desagradables. Así es que, vuestro amado bloguero, dado que no ha cogido un avión en seis meses (lo que me tiene comiéndome las uñas de los pies de rabia), ha decidido conocer la red tranviaria como alternativa, porque lo cierto es que yo, normalmente utilizo el metro, porque las líneas de tranvía no me caen así como a mano en mis desplazamientos normales. Así pues, os relato ¡Oh amiguetes! mis experiencias tranviarias en los minutos que siguen, para que podáis ustedes vosotros descubrir un poco los tranvías de Bruselas (espero que sean minutos, no os asustéis, que no van a ser horas, digo yo, que además tengo que irme a cenar).

Lo más llamativo, y muy adecuado para conocer y vivir los tranvías, es un programa que se titula "tram experience" y consiste en cenar en un tranvía. Toma ya. Además, no una cena cualquiera, sino un condumio organizado por unos chefs bruselenses con estrellas Michelin, mientras el eléctrico vehículo deslízase raudo cual flecha de plata por las calles de la ciudad (supongo que tomaréis nota de mis brillantes metáforas).

El viaje empieza en una de las plazas más céntricas de Bruselas, al lado del Palacio de Justicia. El viaje empieza a las ocho de la tarde, pero te piden que estés en la parada a las ocho menos cuarto. Impaciencia, angustia, hambre hasta que, por fin aparece la flecha de plata:



Emoción y algarabía (bueno, no tanta algarabía, que había mucho guiri poco expresivo), pero sí emoción cuando se ve desde el exterior lo que nos espera:


A nosotros nos asignaron la mesa número nueve (nada que ver con el preso de Joan Baez). Ya estaban preparados los entremeses y una copa recién servida de champagne. De los entremeses, válame Dios, el único que un servidor reconoció es el vasito de la derecha con una especie de sopa de espárragos (con todo y espárrago). Las dos galletillas a la izquierda estaban buenísimas, pero no sé qué eran. Lo reconozco:



Eso sí, el champagne, servido a gogó era un excelente Pommery. Yo me bebí dos copas, pero hubieran podido caer tres si no me hubiera atragantado:



El primer plato era un flan de berenjena con tomate seco, una artística galleta de quien sabe qué y tres tomatitos rellenos de algo:


Para acompañar los platos principales, entrada y plato, nos sirvieron un blanco "Clarión", Somontano de Viñas del Vero:


Nosotros habíamos elegido el menú de pescado, que, como puede verse, no era muy copioso, pero sí muy sabroso: un filete de lubina, con unos espárragos blancos de Malinas, un rollito de calabacín y unas picas de zanahoria (mis amigos, es que esto es alta cocina, de grandes chefs, no esperéis unas lentejas estofadas):



Mientras tanto, el tranvía deambulaba por los barrios más "chics" de Bruselas: la Avenue Louise, los estanques de Ixelles, la Avenue FD Roosevelt (donde están todas las embajadas). Dos horas de recorrido hasta volver a la Plaza Poelaert:



Es comprensible que te lleven por los barrios de la gente guapa. Imagináos, Oh amigotes, que vean una mesa así desde los barrios más populares:


No digo que te vayan a tirar adoquines a los cristales, pero a lo mejor no le gustaba al personal situado a ambos extremos de la ventana, como en esta parada en Scaerbeek, barrio por el que -por supuesto- no pasó el tram experience:




Y eso fue todo. Bueno, hubo un enorme tiramisú de postre, pero ese no os lo he sacado, porque ya sabéis como son. Así es que, dos horas después, se acabó el magnífico viaje, dijimos adiós al chef -que estaba a bordo- y nos fuimos a casita.



La experiencia, es muy agradable, la cena es deliciosa y, aunque es cara (90 euros todo incluido), solo con las dos copas de Pommery, casi la has amortizado. El problema es que hay que reservar con mucha antelación. Solo hay 42 plazas en el tranvía y un viaje por día.

Pero, si no queréis hacer la velada gastronómica, siempre podéis ir a visitar el Museo del Tranvía. Hay modelos de todos los que han circulado por Bruselas desde su creación (del tranvía ¡eh! no de Bruselas):




Parte de la visita consiste en hacer un recorrido en un tranvía de 1933, que te lleva hasta Tervuren y vuelta:





Muy interesante, no os lo perdáis si andáis por este pueblo. Vuestro amado bloguero, como complemento, se marcó el otro día un recorrido desde el mismo Museo, en un tranvía de verdad, de esos que llevan pasajeros y todo. Me cogí (bueno, para mis amigos latinoamericanos, me agarré) el tranvía 94 para ir al mercado de Boisfort:



Otro momento emocionante, es cuando tras veinte minutos de espera, bajo una ligera lluvia (la verdad, no pasan con mucha frecuencia, y menos un domingo, como era el caso), ¡aparece el 94!:


Como veis, aunque no te den de cenar, los tranvías son amplios y confortables:



Tras unos quince minutos, llegas a la plaza del Ayuntamiento de Boisfort (ya os expliqué un día que Bruselas, en sí misma, no existe, que es una aglomeración de dieciséis ayuntamientos):


El mercado de Boisfort, junto con el de la Gare du Midi, son los mercadillos más interesantes del domingo por la mañana. En general, yo le compro leche de granja a los productores y pescado a los pescateros marroquíes. También hay trapitos, como véis:


Este domingo, sin embargo, casi me peleo con un frutero, porque se me ocurrió hacer una foto a su puesto, visto que tenía unos magníficos mangos y las primeras cerezas del año, pero el tío se me enfadó, gritando que no podía hacerle fotos, e incluso me hizo borrar la foto en la que aparecía él. My God. Cómo son. Total, que le dije que sus mangos y sus cerezas se los podía... en fin, no lo digo, que a lo mejor hay niños leyendo esto.



Y bastante de mal humor, me fuí de vuelta a la parada del 94:



Vale, amigotes, y me estoy enfadando otra vez recordando el incidente, así es que os dejo con un vídeo de esos chapuza que hace vuestro amado bloguero:





jeudi 17 avril 2014

Viajando con Ursula le Guin al fondo oscuro de lo innombrable y tranquilizándose después con un clafoutis de plátano



Tenía esperando en mi estantería desde hace ya unas cuantas eras geológicas (por lo menos) "The Earthsea Quartet" de Ursula K. Le Guin, así que, aprovechando las circunstancias un tanto estáticas en las que se ha desarrollado en los últimos meses la vida de éste, vuestro bloguero, decidí que ya era hora de meterle el diente. Vamos, el ojo, porque morder el libro me pareció un tanto insalubre, sobre todo porque las hojas estaban ya amarilleando y, a saber si no tenían algún gusano o virus comelibros pegado. Pues eso, que me puse a leerlo sin más dilación.

Ya había leído antes un par de libros de Ursula (es que uno acaba cogiendo confianza con sus autores favoritos). La Le Guin tenía muy buena reputación en ciertos medios  por sus escritos de ciencia ficción con toques de antropología social. En su día, me marcó mucho "The Dispossessed", una historia que pasa en un planeta donde se ha establecido una sociedad anarquista perfecta, en la que nadie, en principio, es superior a nadie. Sin embargo, a lo largo del tiempo se van creando de forma natural discrepancias entre las personas, que dan origen a nuevas relaciones de poder. Creo que hay versión castellana, así que si no domináis la lengua de Faulkner, podéis leerlo en español:



El estilo de "El cuarteto de Terramar", como se ha llamado en castellano, es diferente. Se trata de cuatro historias de "ficción fantástica". Más en la onda de Tolkien o de la que luego fue su aprendiz - aunque no le llegue a la suela del zapato- J.K. Rowling. Magos, dragones, guardianes de tumbas secretas, poderes tenebrosos del fondo de la tierra, conviven en las islas de Terramar, que aquí os presento:


Pero es eso y mucho más. Su lenguaje es muy poético, y te engancha hasta no poder dejar el libro. No sé como será en las traducciones que se hayan hecho (o perpetrado, vaya usted a saber) de su obra, así es que si la leéis en otro idioma y os parece una chanflaina, no me echéis la culpa, coleguis. Además, subyacen en las historias del libro sus reflexiones sobre el poder, sobre la fuerza de la imaginación, la creencia y la descreencia...

En el libro segundo, "las tumbas de Atuan", -para mi gusto el mejor- Tenar, una sacerdotisa sagrada del templo, huye con Ged, un mago de otra isla -el protagonista principal-, abandonando la seguridad en la que ha vivido sus quince años y llora desolada (traduzco): "...lo que había empezado a aprender era el peso de la libertad. La libertad es un fardo pesado, una carga grande y extraña para el espíritu. No es fácil. No es un regalo espontáneo, sino una elección y esa elección puede ser muy dura. El camino hacia la luz va siempre cuesta arriba, y el viajero cargado puede no llegar nunca al final..."

Valga como ejemplo, ea. Pero el libro está lleno de amenazas, de poderes tenebrosos que habitan en los rincones más oscuros de la tierra y que nos amenzan de forma continua. Tanto, que tras leer el libro, empezaron a aparecer señales un tanto inquietantes en mi calle:



E incluso en el interior de mi casa:




Así es que, vuestro bloguero, para relajarse y olvidar el poder de lo innombrable, se puso a hacer un clafoutis de plátano, qué diablos (uy, mejor no nombrar ciertas cosas).

El clafoutis más genuino debe hacerse con cerezas, pero, en fin, no estamos en temporada de cerezas, así que me decidí a hacerlo de plátano porque es lo que tenía en casa. Hace falta harina, azúcar, sal, huevos, mantequilla y leche. Véase (falta la leche, pero es que no cabía en la foto):


Preparé una fuente de Pirex, porque no tengo moldes de clafoutis (ni de nada, las cosas como son):




La primera acción es reblandecer la mantequilla (yo lo hice en el microondas, apenas diez segundos en el punto más bajo) y untar bien el molde con un pincelito:




Añadir azúcar sobre la mantequilla:



Quitar lo que no se haya pegado, volcando ligeramente el molde:


Mientras, os podéis tomar una cerveza, y preparar cuatro huevos en un cuenco. Como se ve, mis huevos eran de dos gallinas diferentes. Eso pasa por no pedir el ADN de los pobres volátiles cuando compras los huevos:


Los huevos se baten con el azúcar y después se añade la mantequilla, la harina, la leche y una puntita de sal:



Como ya os habréis terminado la cerveza, podéis cortar dos plátanos en rodajas y las ponéis en el molde:



Se añade lo que habéis batido en el cuenco y se mete al horno precalentado a unos 200º. Treinta y cinco minutos de horno y ¡Oh amigotes! lo que sale es esto:



Bueno, pues ya tenéis un postre o un desayuno, según os plazca. Os prometo que, en cuanto haya cerezas, haré otro clafoutis canónico con las cerezas.

Oh, perdón, se me olvidaban las cantidades:

Azúcar, 135 gr
Harina: 80 gr
leche: 1/4 de litro
sal: un pellizco

Venga, besotes