Era angosto. Raspaba de forma alucinante mis manos, que trataban de arrastrar con violento, descorazonador esfuerzo, mi pobre cuerpo filiforme y deshecho. Estaba rodeado de la negrura más infinita
Mi respiración, que destrozaba mis branquias desmesuradas, me llenaba de angustia, en medio de violentos estertores, crujiendo como ramas desgajándose de un árbol eterno, sin memoria
Temblaba pensando que podía llegar la oleada de agua que llegaba con aterrador sonido del fondo de ninguna parte. De mi garganta salió un grito, pero nolo pude trasmitir al mundo exterior. Grité con un alarido infernal, que sonó rebotando en las paredes del túnel. mi mundo se deshacía en pedazos
De repente lo vi, un rayo deluz, casi ni rayo y casi ni luz, brillaron en la oscuridad. Mis ojos, despedazados sintieron el calor del rayo. Pero era cierto, suspiré de manera casi inaudible.
Habia llegado al final del túnel. La calle Montesa se ofrecía, casi destrozada. Los peatones se agolpaban para pasar por el casi invisible trozo de acera que había dejado la monumental obra que estaba haciendo el Canal de Isabel II
Y aquí os dejo. Todavía lleno de angustia







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